Entre el Morezón y el Everest, Mustang.

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Portada del libro Mustang. Reino prohibido en el Himalaya

Ha caído en mis manos un libro que me hizo disfrutar muchísimo en mi adolescencia y al que ahora voy a dedicarle mis próximos días de lectura, pues merece la pena.

Con los libros sucede algo extraño. Cuando uno se deja acompañar por ellos a lo largo de la vida, algunos, pocos, regresan en el momento más inesperado, justo cuando más se necesitan (sí, los libros son necesarios). De súbito te fijas en tal o cual título que leíste hace tanto tiempo que ya no recuerdas el argumento y que reposa en tu biblioteca particular, o te asomas al escaparate de una librería de viejo y lo ves ahí ejerciendo sobre ti una poderosa atracción, o vas a casa de un amigo y lo descubres en sus estantes. Es lo que me ha pasado en esta ocasión.

Me refiero a “Mustang. Reino prohibido en el Himalaya”, un título sugerente que puede clasificarse como “libro de viajes”, escrito por el francés Michel Peissel (11 de febrero de 1937–7 de octubre de 2011), antropólogo, explorador, escritor. Hoy día los exploradores ya no existen por la sencilla razón de que el planeta entero está explorado, todo lo más pululan por ahí científicos realizando sus investigaciones; pero esos no son exploradores tal como se entendían hasta hace pocas décadas.

El libro me fascinó en su momento. Acababa de ser editado y yo frisaba los 16 años de edad. En aquel tiempo estaba como loco por practicar el montañismo, deporte en el que me había introducido tres años antes, al iniciar mis estudios de bachillerato en el instituto. Conocí un club deportivo especializado en deportes de montaña y me apunté sin pensármelo dos veces.

La primera excursión que realicé con ellos fue a la sierra de Gredos, en la provincia de Ávila. Cuatro días de acampada cerca de Hoyos del Espino, un precioso pueblo, con pocos habitantes y casas típicas de la comarca. Ya no está como antaño, y me fastidia; pero esa es otra historia. El caso es que pasamos unos días magníficos, a mediados de octubre. Otoño frío en las altas cumbres de Gredos, como descubrí. Incluso nos nevó algo.

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Macizo central de la Sierra de Gredos

El primer día subimos al pico conocido con el nombre de ´Morezón`. No es una montaña de difícil ascenso, todo lo contrario. Con sus 2.389 metros de altura, el Morezón constituía un calentamiento para ascender al día siguiente a la cumbre más emblemática de la sierra de Gredos, el Almanzor, 2.591 metros de roca, hielo, tierra,… paredes verticales y cierta dificultad. Algunos escaladores han perdido la vida allí por precipitarse al vacío o bien fueron sepultados al venírseles encima un alud de nieve. Todos los años hay algún accidente de esa naturaleza. En cualquier caso, nosotros llevábamos guías excelentes, curtidos montañeros conocedores de los peligros de la montaña y de nuestras limitaciones. Así que el Morezón fue la primera montaña que coroné. Al bajar de ella –he de confesarlo- auxiliado por dos chavales de mayor edad, acostumbrados a la práctica del montañismo, yo pensaba en salir de allí cuanto antes. No quería volver a la montaña. Estaba agotado y el día había sido frío, con llovizna intermitente, aguanieve y niebla. Apenas se veía nada, solo un paisaje granítico gris verdoso. Pero fue un sentimiento pasajero. Las jornadas restantes transcurrieron entre la subida al Almanzor, mucho más dura y también más excitante, y los paseos por la Laguna Grande y sus inmediaciones.

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Cumbre del pico Morezón

De vuelta a Valladolid en el autocar ya sabía que mi deporte favorito sería el montañismo. Había quedado atrapado por la magia de la montaña, un atractivo que me atrevería a calificar de erótico y que inoculó en mí un amor resistente al paso de los años. En efecto, más de cuatro décadas después, me estremezco al volver a Gredos o a cualquier otra cordillera montañosa. Sólo ver las montañas en televisión o Internet producen en mí un efecto relajante y a la vez excitante. Las montañas me ofrecen serenidad, equilibrio, motivo de contemplación, se expande mi conciencia cuando paseo por ellas, las subo o simplemente las admiro desde la distancia.

En fin, cuento todo esto para intentar explicar que después de aquella primera aproximación a la práctica del montañismo, mi mente quedó atenta a cualquier actividad o manifestación cultural relacionada con tal deporte, incluyendo por supuesto la defensa de sus ecosistemas.

En ese caldo de cultivo me llegó el libro que ha dado pie a este comentario. Lo leí en un par de días. Yo había leído cosas del Himalaya, los Himalaya, como es denominada ahora esa cadena montañosa. ¿Qué montañero no quiere pisar aquellos picos? Para nosotros era un sueño. Algunos pudieron ir años después, otros lo tenemos pendiente. Sé que aquellas cumbres me esperan, no para subirlas, pues dada mi edad y la falta de preparación física adecuada no podría hacerlo, sino para contemplarlas en directo dejándome cautivar por sus picos, valles, paredes de hielo, formas caprichosas de la naturaleza.

Bueno, el caso es que el libro está ahora en mis manos, llevo con él un par de días y todavía no he querido iniciar su lectura, solo lo veo, ojeo sus fotos, es la primera edición, la misma que leí. Sus hojas están amarillentas, huelen a objeto antiguo, evocan recuerdos. Estas sensaciones serían imposibles de obtener con un libro electrónico.

El primer párrafo del capítulo primero es revelador: “Allí moran los dioses y allí han ido a morir durante miles de años sacerdotes, monjes y sabios. Hace muchos años que el Himalaya fascina a los hombres; sus altivos picachos siguen escondiendo muchos misterios…”.

En efecto, a pesar del turismo de masas, la sofisticación tecnológica, el aparataje mediático, la corrupción deportiva del montañismo y otros males del mundo actual, el Himalaya guarda aún muchos secretos. Hay que saber enfocar la mirada para descubrirlos. Igual que Gredos, mi querido Morezón o el altivo Almanzor, repletos de secretos y sensaciones únicas que solo quien ama puede descubrir.

Como decía antes, hay libros que llegan a nuestra vida en el momento preciso y leerlos o releerlos provocan cambios o ayudan a tomar decisiones. En esas estamos…

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Transforma tu cuerpo entero en visión, hazte mirada. (Rûmi) | Email: yelua@yahoo.com

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