En época de pandemias es tiempo de amar.

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La crisis sanitaria actual ha puesto en evidencia la necesidad que tenemos de relacionarnos, de tocarnos, de comunicarnos cara a cara, de compartir en grupo,… los confinamientos obligatorios en las viviendas originan disfunciones psicológicas, estados de ansiedad, depresión en algunas personas, incluso pueden desencadenar neurosis y psicosis, entre otras enfermedades mentales.

Los humanos somos criaturas sociales, grupales. La soledad no resulta beneficiosa para la salud salvo cuando es producto de una opción personal. El solitario voluntario puede estar muy sano y disfrutar de la vida; pero la soledad involuntaria y el encierro son los peores castigos a los que pueden someternos.

Por otra parte, la vivencia de los confinamientos no resulta igual en todos los países. Aquellos donde sus habitantes viven más volcados a compartir en la calle, como los del sur de Europa, Magreb, África y Latinoamérica en general, registran numerosos casos de enfermedades asociadas al confinamiento, sus habitantes sufren más. Los del norte de Europa, Usa y algunos países asiáticos tienen culturas “caseras”, sus ciudadanos no manifiestan la necesidad de ocupar las calles con tanta frecuencia. La cultura, en definitiva, determina nuestros usos y costumbres. La religión también opera en este sentido. Judíos, cristianos y musulmanes ejercemos la práctica religiosa en comunidad. Vivimos nuestras fiestas religiosas en comunidad, participamos de ritos comunitarios en sinagogas, iglesias y mezquitas, salimos a la calle, expresamos nuestra fe en público, véase por ejemplo las manifestaciones de la Semana Santa en España, o el mes sagrado de ramadán en los países islámicos, o las peregrinaciones a los lugares sagrados del mundo, sean La Meca, Jerusalén, Roma, o cualquier santuario o lugar de culto público…

Existen, por tanto, numerosas diferencias culturales a la hora de enfrentar una crisis como la actual. Y, por mucho que los políticos y gestores de los asuntos públicos quieran ignorarlo, detrás de periodos más o menos largos de confinamiento y restricciones de movimientos, sobrevienen patologías psicológicas y físicas. La limitación en la actividad diaria afecta al cuerpo, a la mente, a la convivencia… todos salimos perjudicados, a veces de forma casi imperceptible, otras con claros síntomas de enfermedad, por no hablar de las personas que previamente ya arrastraban enfermedades crónicas que se verán agravadas.

Por tanto, la crisis sanitaria provocada inicialmente por un agente biológico, acaba convirtiéndose en una pandemia sistémica que afecta a la sociedad en todas sus variables de salud, además de las económicas cuyos efectos están por determinar pero ya podemos anticipar: un incremento de las desigualdades sociales, más pobreza y, por consiguiente, más problemas de salud. De ahí que los planes de contingencia y las estrategias de salud pública para los próximos años deban recoger estos supuestos y establecer medidas que garanticen el bienestar de la población, asunto ciertamente complicado; sin embargo, más allá de todas las medidas que se establezcan para frenar los efectos perniciosas de la pandemia, teniendo además en cuenta que vendrán otras detrás probablemente más devastadoras, hay un aspecto fundamental: la esfera del amor, el único componente básico y esencial para el desarrollo integral del ser humano. Lo demás son medidas políticas, acuerdos, intereses, … no nos llamemos a engaño, los políticos, sea cual sea el color de su partido, no dejan de fijar prioridades en función de sus esquemas partidistas e ideológicos mezclados con el afán de poder. Así, solo el amor constituye la pieza clave en estas situaciones. Desde el amor se genera empatía y solidaridad, como vemos en muchos actos nobles de ciudadanos que se sacrifican por el bienestar de los demás, ofreciendo sus recursos, tiempo, conocimientos hasta dar la vida si fuere preciso. ¿Les suena esta música? Sí, la oímos cada día y la vemos materializada en los balcones de las calles cuando la gente sale a aplaudir a los trabajadores -sea cual sea el colectivo laboral- que siguen ahí dejándose la piel para que todo funcione. La vemos en los millones de actos anónimos de generosidad que se suceden a diario y de los que solo una mínima e irrisoria parte son reflejados en telediarios y noticiarios de televisión. Lo percibimos en las sonrisas de nuestros vecinos, a veces ocultando el dolor y el sufrimiento,… en cualquier caso estamos ante una ocasión única para profundizar en lo que nos distingue como verdaderamente humanos: nuestra capacidad de sobreponernos mediante el amor. Y aquí, los que creemos en lo trascendente, en un Dios que es amor, compasión y misericordia, tenemos un papel decisivo para generar optimismo y una convivencia solidaria, de ayuda y de compromiso con el bienestar universal. Una sana alegría fortalece el sistema autoinmune y nos ayuda a sobrellevar con mejor ánimo estos tiempos de oscuridad. Si además nace desde el amor y ofrece amor, el bienestar crece considerablemente, nos hacemos más fuertes, más valorados, necesarios en este océano humano y veremos con otros ojos el acontecer diario de la humanidad.

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Transforma tu cuerpo entero en visión, hazte mirada. (Rûmi) | Email: yelua@yahoo.com

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